Relatos para estos tiempos…

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Relatos para estos tiempos…

«Como recién acunada» por Gloria Galdamez

Cuento premiado 2019

Ella rasgaba la envoltura de las palabras hasta percibirlas desnudas y palpitantes. Buceaba en sus honduras, modulando matices infinitos. Luego elevaba sus manos y las soltaba. Las palabras ascendían como pájaros encendidos de amanecer y el poema se esculpía en el silencio.

Extraía poemas de los rostros, de los gestos, de los trozos de noche que se estampaban en su ventana, del diáfano cielo que jugaba a las escondidas entre los árboles, del brillo del agua que lame las piedras, del murmullo estremecido del viento. Así escribía:

La noche empuja

las últimas luces,

les cierra la puerta.

Se dispone a indagar

sutiles secretos

cuando el sueño

aquieta conciencias.

Los guardaba en papeles arrugados. Decía que eran flores cristalizadas que volverían a la vida cuando alguien los leyera. Los consideraba mensajeros, prestos a develar signos en tiempos cercanos.

Un día decidió no salir más a la calle. El aire le era esquivo lejos de sus creaturas.

Se hacía traer los pocos comestibles que consumía por el chino de la esquina. Apenas entreabría la puerta.

Estaba segura de que los poemas tenían vida. Intuía que, sedientos de libertad, escaparían, pero aún no era el momento, debían ser miles para no morir en voz baja. Comenzó a enlazarlos a las columnas de su casa. Pronto comprendió que nada los anclaba, que eran ríos sin amarras. Les dio permiso para jugar en el exacto momento en que supo que ellos eran ajenos a los mandatos. Libres desde siempre, eran felinos que saltaban de un mueble a otro.

Nacen…

a veces brisa, a veces huracán,

a veces susurro, a veces grito,

a veces caricia, a veces herida.

Intentó ordenarlos. Ellos reían como si les hiciera cosquillas. Se deshacían en escuetos caos, emergían en desfiles marciales que trocaban en danzas llameantes. Se colgaban del aire, del cielo. El orden era imposible.

Ella era feliz, sentía que gestaba puñados de luz,  solía tener épocas serenas, como crepúsculos de otoño, y otras de furor poético. En uno de esos furores se le terminó el papel y empezó a escribir sobre las paredes, los techos, los espejos, los cristales. Cuando ya no encontró espacio, adicta, abrió el placard y escribió sobre sus vestidos, sus sábanas, toallas y manteles. Exhausta, se recostaba sobre la piel de los poemas. La luna, testigo fiel, se deshacía en hilos que revestían de oro y plata las palabras que ella había escogido.

Se comunicaba con sus amigas por teléfono. Sus conversaciones eran lacónicas y las cortaba de manera abrupta, porque alumbraba poemas constantemente.

–Que no. Ahora no tengo tiempo. Otro día.Será pronto. Adiós.

Cuando no quedó más espacio, comenzó a escribir en su piel hasta cubrirla palmo a palmo. Los tatuajes serpenteaban remontados en colores iridiscentes. Los poemas se tendían las manos y construían una red de equilibrista que ella transitaba descalza y con los brazos abiertos. Otras veces, los poemas la envolvían en oleadas y ella sentía que en su alma aleteaba una paradoja de intensa libertad.

Se agrieta la luz.

El amor trae

de la mano

memorias de vida.

Una mañana no atendió el teléfono. Sus amigas insistieron durante  días. Luego fueron a indagar. El chino las confundió con inspectoras de la AFIP, tal vez por los tailleurs y las carteras. Puso cara de perplejidad:

–Mí, no entiende.

Cuando le describieron a la mujer, se le suavizaron los gestos y les explicó, en un castellano cincelado a la fuerza:

–Día a día, llevé alimento. Si ella apertura poca puerta. Ella daba dinero. Saludaba. Cerraba veloz.

En el mismo tono les explicó que desde hacía tres días no le abría la puerta. Supuso un viaje. Les contó que cuando quiso mirar por la cerradura, una palabra vestida de rocío le tocó el ojo con un guante de encaje; esto último dicho en perfecto castellano.

Las amigas consideraron que el oriental padecía estrés post-migración y partieron a entrevistar al encargado del edificio, hombre autóctono que debía tener anclaje en la salud mental. Él, apoyado en la escoba,  les relató que, mientras limpiaba el pasillo, la oyó hablar con personas que reían como niños y que, frecuentemente, por la cerraduras salían estrellitas que se desintegraban en chispas. Desde hacía unos días le llamaba la atención el silencio.

Las señoras comprendieron que no había cordura confiable sobre esta tierra. Decididas se dirigieron al departamento de la amiga y abrieron la puerta con la llave que habían intercambiado hacía ya tiempo, “por si un día llaman y no puedo abrirles.” Cuando lo hicieron, fulgores de olas, destellos de fuego, cantares de agua, vientos azules, tierras frutales, manos de ángeles, sonidos de cristales, olor a pan caliente, sorprendieron sus sentidos  y detrás de todo, la voz de la amiga urgía: – Al fin llegaron, es hora de liberar poemas.

Se miraron y sin mediar palabras, corrieron a abrir ventanas, puertas y tragaluces y  cuando la última palabra escrita traspuso la puerta, se abrazaron, como solo las amigas del alma saben hacerlo después de un alumbramiento.

Los poemas, presurosos, ganaron la calle.

Se recuestan en el horizonte, juegan detrás de los puntos cardinales, se hamacan en el viento, besan la transparencia del día, inventan rondas atardecidas. Se deslizan por la rutina, conmoviéndola. Cantan al oído de los pasajeros, colocan barquitos de papel en los charcos, miran con ojos inocentes, se trepan a la luz de las estrellas.

Dicen que desde que abrieron la puerta de la escribiente, la ciudad parece estar envuelta en una alquimia que exhala milagros y tiene otro latido, como de poesía recién acunada.

1 Comment

  1. Nia dice:

    Muy bello relato: Gracias Gloria!!!

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